Centro juvenil internacional
«La restauración del edificio está en plena marcha y esperamos poder abrir al público la casa de atrás este verano. (…) El valor espiritual de la casa es inmenso. Miles de personas de todo el mundo la han visitado en los últimos años, muchos han traído flores y la permanencia en las habitaciones donde ocurrió todo lo que Ana describió les causó una impresión inolvidable. Pero queda mucho por hacer. No basta con que la gente se conmueva y se ponga a pensar en todos aquellos terribles acontecimientos. Debemos pasar a la acción.»
Discurso pronunciado por
Otto Frank en Nueva York el 24 de marzo de 1959.
Al abrirse al público (en 1960) la Casa de Ana Frank, la función del edificio no quedaba inicialmente clara. ¿Se trataba de un sitio conmemorativo? ¿De un museo? ¿De un monumento para honrar a las víctimas de lo que luego se llamaría el holocausto?
Al principio, los visitantes tenían que tocar el timbre, trepar por una escalera muy estrecha y a continuación, una vez atravesada la conocida estantería giratoria, acceder a las habitaciones vacías y desangeladas de la casa de atrás. Jóvenes guías ―en su mayoría estudiantes― ofrecían visitas guiadas. El primer año (1960), 9.000 visitantes subieron las escaleras de Prinsengracht 263.
Más que erigir un museo, el ideal de Otto Frank consistía en fundar un centro juvenil internacional: una casa para el diálogo, una casa para los jóvenes, con una advertencia del pasado pero orientada al futuro. Ese ideal se vio alimentado por las numerosas cartas que recibía, cartas de jóvenes que comentaban el diario de su hija, la obra de teatro y la película estadounidense de 1959, basada en los hechos ocurridos en la casa de atrás.
El propio Otto Frank se mudó a Basilea en 1952, si bien siguió estrechamente vinculado a los planes, actividades y acontecimientos en torno al edificio que había sido la sede de su empresa y antiguo refugio. El centro juvenil internacional y la Casa de Ana Frank se inauguraron el 3 de mayo de 1961, bajo la dirección de Henri van Praag, pedagogo y psicólogo y amigo entusiasta de Otto Frank.
Conferencia de Pentecostés celebrada en 1969 en la Casa de Ana Frank. De izquierda a derecha: Fritzi Frank-Markovits, Cor Suijk, Otto Frank y Henri van Praag.
Mientras, también se procedió a la renovación de Prinsengracht 265, con lo que se obtuvo una serie de espacios adicionales para celebrar reuniones, acoger a los grupos y organizar exposiciones. A partir de 1963, jóvenes de todo el mundo empezaron a acudir a la Casa de Ana Frank en verano para participar en las llamadas conferencias estivales internacionales, en encuentros y charlas. Dormían en la residencia de estudiantes contigua, que los ocupantes habituales tenían la obligación contractual de abandonar durante los meses de verano.
Julio de 1968, conferencia de verano. Otto Frank, sentado a la izquierda entre un grupo de jóvenes.
Además de conferencias para jóvenes, en los años sesenta también se organizaban charlas y cursos. Así, por ejemplo, a mediados de esa década el rabino Yehuda Aschkenazy celebró periódicamente «reuniones de casa de estudios», en las que se plasmaba el diálogo entre el judaísmo y el cristianismo. En las reuniones participaban curas católicos, pastores protestantes, rabinos y también laicos.
La Casa de Ana Frank ―especialmente la planta baja de Prinsengracht 265― se utilizó en los años sesenta también a menudo para la celebración de veladas sobre literatura, poesía y música clásica. En esta últimas, los ejecutantes solían ser jóvenes estudiantes del conservatorio.
En la segunda mitad de los años sesenta, también irrumpe en la Casa de Ana Frank el espíritu crítico hacia la sociedad. Las atrocidades cometidas en la Segunda Guerra Mundial debían de servir de lección para el aquí y ahora. A través de exposiciones fotográficas y otros medios se pusieron en la picota, entre otras cosas, la guerra de Vietnam y el apartheid de Sudáfrica.
Este muñeco, que representa al presidente sudafricano Balthazar Vorster, integraba la exposición «Nazismo en Sudáfrica» (1972).