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Despedida de Ana

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3 de Diciembre de 2019 — Después de haber trabajado más de 35 años en la organización Casa de Ana Frank, Jaap Tanja, jefe de proyectos educativos, se jubilará a principios del próximo año. Es tiempo de despedirse de Ana.

A finales de septiembre, principios de octubre estuve una semana en la zona de Brezal de Luneburgo en Alemania. A través del sitio Airbnb habíamos encontrado un apartamento acogedor, en una granja con entramado de madera, en una pequeña aldea cerca de la ciudad de Eldingen. Nuestros planes eran una semana de vacaciones de otoño, senderismo, observación de aves, lectura, descanso; Nada especial, pero muy prometedor. 

Unas semanas antes de irnos, miré detenidamente en el mapa y me di cuenta que nuestro apartamento de vacaciones estaba cerquísima,  bueno, a dos pasos del antiguo campo de concentración de Bergen-Belsen. Dicho campo es ahora un monumento conmemorativo. Este es el lugar donde Ana y su hermana Margot fallecieron a principios de 1945, y yo nunca había estado allí. Una pequeña coincidencia, o tal vez no, que recién terminábamos de escoger una casa de vacaciones cerca de Bergen-Belsen. 

He estado trabajando en la organización Casa de Ana Frank durante más de 35 años, en los últimos años como jefe de proyectos en el Departamento Educativo y como presidente del comité asesor de la organización. Pronto, en febrero de 2020, me retiraré con mi jubilación. Mi vida laboral ha sido determinada en gran medida por Ana y su diario. 

En todos estos años que trabajé para esta organización, he visitado numerosos  antiguos campos de concentración. A veces relacionados con mi trabajo, pero a menudo sólo por interés. He estado, por ejemplo, en Auschwitz, Mauthausen, Belzec, Neuengamme, Vught, Majdanek, Amersfoort... esta extraña enumeración es demasiado larga para mencionar. Lugares terribles y escalofriantes que mantienen vivo el recuerdo del Holocausto. Además, especialmente en Polonia y en la República Checa, siempre he visitado varios cementerios judíos antiguos en muchos pueblos y ciudades. Entre todos, podría decir varias decenas. Pero, en particular, es raro que nunca antes había estado en Bergen-Belsen.   

«Ahora voy a despedirme personalmente de Ana», se me había ocurrió pensar unas semanas antes de irnos de vacaciones. Me despediré de mis colegas y de mi trabajo a principios de 2020, mientras este viaje será el momento de decir adiós a Ana. Ella tiene apenas 15 años, pero he estado a sus servicios durante 35 años. Mejor dicho, más formalmente: he sido empleado para la organización que lleva su nombre y predica sus ideales. Ella debería, por lo menos, saberlo... 

El primer día de nuestras vacaciones fue un día típico de otoño, con bastante llovizna incluída. No era muy agradable para pasear, ni observar pájaros, excepto un par de grullas que no dejaban de gritar, desde unos pastizales cercanos. Es por eso que nos dirigimos inmediatamente, ese primer día de vacaciones, en nuestro coche hacia Bergen-Belsen. Así podria «despedirme de Ana» rápidamente.

Existe un gran contraste entre la hermosa región por donde conducimos, con un amplio paisaje campestre, pequeños pueblos con innumerables grandes granjas con entramado de madera y un poco anticuados, típico alemán y Bergen-Belsen. Este último es un lugar vacío y opresivo. Encontramos rápidamente la lápida (simbólica) de Ana y Margot; puse sobre la misma una piedra, junto y entre las muchas otras que ya estaban allí. Deambulamos por la vasta área del antiguo campo; sólo algunos grandes túmulos funerarios y un par de maquetas cuentan la historia de los horrores que han sucedido aquí. El silencio reinaba, incluso los pájaros no aparecieron ni se escucharon durante nuestro recorrido.

El museo de Bergen-Belsen es aún más impresionante que la llanura desnuda, si es posible comparar. Bergen-Belsen no fue un campo de exterminio, fue mas bien, especialmente en el último año de guerra, el «infierno desorganizado.» En los pocos meses, cuando Ana y Margot estuvieron prisioneras aquí, entre fines de 1944 y principios de 1945, no había nada, casi literalmente nada. Sin comida, apenas alcanzaba a ser un refugio. Únicamente vigilancia, frío, hambre, enfermedad y muerte lo definían. Las fotografías y las imágenes cinematográficas de la liberación de Bergen-Belsen que se exhiben en el museo son muy fuertes, durísimas; las grandes pilas de cadáveres, los cuerpos desnutridos... Ante algunas esas imágenes tuve que apartar mi vista.  

De todos aquellos lugares de la Segunda Guerra Mundial que he visitado a lo largo de los años, no importaban, a veces, lo impresionante que fuesen, pero normalmente podía «aparcar» bien ese sentimiento en mi cabeza. Pero esta visita a Bergen-Belsen me llegó hasta lo más profundo de mi interior. No sé cómo explicarlo. No pude dormir bien por tres noches seguidas, pues las pesadillas se apoderaron de mi mente. Durante el día estaba de vacaciones, pero las imágenes de Bergen-Belsen aparecían regularmente y, a menudo, pensaba en Ana, sus últimos meses y sus incontables compañeros de infortunio. Pese al constraste con aquella tranquilidad que reinaba en el brezal, las numerosas grullas y la hermosa naturaleza. El brezal de Luneburg es una región preciosa, con mucho silencio y hasta le falta un poco de gracia. Aquí, aparentemente no ha pasado nada. Pero de nuevo, una mayor contraposición entre lo que sucedió precisamente en este lugar hace 70 años y el presente y ahora es casi impensable. 

Afortunadamente, después de tres días, los peores fantasmas nocturnos desaparecieron de mi mente. A pesar de ello, en los días y semanas posteriores, todavía tenía que pensar mucho en esta despedida  tan «intensa». 

Adios, Ana...

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